Hoy conocí a un amigo (qué raro es que esa palabra, tan burda y tan barata, se deslice por mis labios y se deje escuchar). Él nuca me aconseja, nunca me prohíbe, nunca se aleja. Tan solo es mi amigo el cual me deja soñar como morir que para mi es vivir me deja poder tener el poder de cambiar mi vida gris por un momento de resplandor por un segundo de felicidad.
Es en este momento en donde no puedo dejar de pensar se me es confuso el aferrarme a algo si yo nunca quise a nadie ni al vagabundo que día a día veo al despertar al otro lado del espejo.
Es hoy, un 25 de diciembre, donde todos celebran en familia, que yo estoy metido en un basural acompañado de un perro callejero que (incluso él) me gruñe por estar cerca de su hogar. Y es hoy que decidí viajar con mi amigo a un lugar en donde no tendré que soñar cómo morir, porque, hay, todo los días muero. Y puedo yo mismo ser alguien del que nadie se percata, que no sirve para nada, si no solo para reflejar la cruda realidad de un mendigo: el poder sentirse amado. Es en ese lugar donde puedo vivir sin tener a despertar cada día solo, por que ahí jamas despertare.
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